There is nothing wrong in engaging China rather than antagonizing her: but Europe must coordinate its human rights policy towards Beijing.


This article was published in El País on 2 February 2009.

(English Translation)

Over recent years, the debate surrounding China has polarised two camps: one group considers Beijing a harmless panda, the other sees her as a threatening dragon. For the first group, the rise of China is logical and inevitable, and there is no time to lose in fully integrating Beijing into the tight knit network of obligations and interdependencies we call multilateralism. For the second group, China is quietly building up an enormous economic and military power base, and aims to overtake the US as a world power and dominate the entire Asia-Pacific region. Consequently, the need for a friendly approach to China is defended by some, while others advocate firmness and vigilance.

The former group is branded "panda huggers". But a policy consisting of engaging with China more deeply and meaningfully is nothing to be ashamed of. The term, after all, is supposed to be an insult. It is inspired by the expression "tree hugger", used originally to describe the Chipko Undula movement in India, whose members literally hugged trees to prevent them being cut down. China has amply demonstrated (more so in the current global financial crisis) its willingness to be a responsible partner. Furthermore, the bellicose passion of certain neocons needy of a fresh enemy to add to the waning appeal of Islamism and Bin Laden still accounts for a lot of  the locus of anti-Chinese hysteria.

Fortunately, the Vulcans (the term for those who think the global order is built on fire and blood) are in retreat. Moreover, the United States has entered a phase of multilateral humbleness, and so the prospects for a global China - US alliance are more possible now than ever before. That alliance - which some observers have described as the "G-2" - would have an enormous impact on at least two crucial issues. First, nothing we do to counter global warming makes much sense or has any chance of success without the participation of China. Secondly, without a Chinese backed UN-led sanctions policy, the regime in Tehran will remain on course to trigger an insane arms race bound to end in armed conflict, or widespread nuclear proliferation in the region.

The EU, with a direct interest in both these matters and the wherewithal to make a real contribution, should not remain on the sidelines of this process. But to fully engage China, the EU has to act in unison. That has not been possible to date, since Europeans have yet to discover how to dialogue with Beijing with one voice on the most sensitive policy issues, and Beijing has not been slow to take advantage of this, shrewdly playing off one European capital with another, reinforcing divisions. Chinese Premier Wen Jiabao's European tour has proved a case in point. Jiabao has rewarded Spain with his presence, describing our country as "China's best friend in the European Union", but ignored Sarkozy's France, which has been more critical towards China of late. 

The agreement reached is a good one for Spain since our trading and business presence in China still has a long way to go. Hitting the right political tone in dealing with Beijing, a regime with enormous human rights problems, has proved more difficult. Strange  for a country which lived through a lengthy dictatorship and knows first hand what the deprivation of human rights and individual liberty means, Spain has erred on the side of silence on these matters. As the proceedings initiated in the Spanish High Court against Israel have borne out in the last few days, this government's silence on such matters stands in sharp contrast to the country at large, which has some of the most progressive universal justice legislation in the world.

Indeed it might seem to some onlookers that Spain has two foreign policies on the go, one which the government carries out through the Foreign Office, and the other which the Spanish High Court puts into practice when applying laws passed in Parliament. Thus the Spanish government avoids irking Beijing by urging it into a dialogue with the Dalai Lama, while, at the same time judges Moreno and Pedraz are busy indicting the Chinese government for repression in Tibet. However, it is too easy to overlook the fact that judges have no choice but to enforce the law. The government, on the other hand, is free to adopt a more courageous stance and, above all, one more closely coordinated with its European partners. Dealings with Washington and Tel Aviv have prompted the Spanish President to remark that friends who make mistakes ought to be criticised. If that is indeed the case, then surely Beijing deserves to receive the odd lesson as well, followed by Moscow too, not to mention Rabat now we're at it. After all, the absence of criticism might lead the leaders of these countries to interpret Spain's silence as a lack of familiarity, and ultimately, the suspicion that in actual fact we aren't their friends at all. 

Translated from Spanish by Douglas Wilson


Abrazar al panda

Durante los últimos años, el debate en torno a China ha estado polarizado entre los que consideran que China es un inofensivo oso panda y los que piensan que es un amenazador dragón. Para los primeros, el ascenso de China es lógico e inevitable, por lo que proponen aprovechar el tiempo disponible para comprometer a Pekín en esa tupida red de compromisos e interdependencias que llamamos multilateralismo. Para los segundos, China construye sigilosamente un enorme poder económico y militar con el objetivo de superar a Estados Unidos como potencia mundial y dominar todo Asia-Pacífico. Por ello, unos predican la necesidad de ser amables, mientras que otros proponen ser firmes y vigilar atentamente sus movimientos.

Aunque estos primeros sean denostados como "abraza pandas", no hay nada de lo que avergonzarse en una política consistente en socializar a China a fondo. Al fin y al cabo, este supuesto insulto se inspira en la expresión "abraza árboles", usada por primera vez para describir al movimiento de los Chipko Undula en India, que, literalmente, se abrazaban a los árboles para evitar que éstos fueran cortados. China ha demostrado con creces (y más en lo que llevamos de crisis financiera global) que quiere ser un socio responsable; otra cosa es que, naturalmente, defienda sus propios intereses, no los nuestros. Además, no deja de ser cierto que la histeria antichina tenía un foco muy localizado en el ardor guerrero de muchos neocon a los que parecía que el islamismo y Bin Laden se les estaba agotando como enemigo.

Afortunadamente, los vulcanos, como se describe a aquellos que piensan que el orden mundial se fragua a sangre y fuego, están en retirada. Como, además, Estados Unidos está en fase de humildad multilateral, las perspectivas de una alianza global entre Estados Unidos y China son más posibles que nunca. Esa alianza, que algunos ya han descrito como el G-2, tendría un impacto enorme sobre (pero no sólo) dos cuestiones cruciales: sin el concurso de China nada de lo que hagamos contra el cambio climático tendrá sentido ni posibilidades de éxito; y sin el apoyo de China a un proceso de sanciones liderado por la ONU, el régimen de Teherán seguirá embarcado en una loca carrera nuclear que sólo puede acabar en un conflicto armado o en una proliferación nuclear masiva en la región.

La Unión Europea, que tiene intereses directos en ambos temas, y que podría hacer también una gran contribución, no debería quedar al margen de ese proceso. Pero para poder comprometer a China es preciso que actúe de forma unida. Hasta ahora esto no ha sido posible ya que los europeos no han encontrado la manera de hablar al unísono en los temas más espinosos de su relación con Pekín, y ésta ha aprovechado sagazmente sus divisiones para maniobrar entre las capitales europeas reforzando dichas divisiones. La gira europea del primer ministro chino, Wen Jiabao, está siendo un buen ejemplo de ello: Jiabao ha premiado a España con su presencia, a quien ha descrito como el "mejor amigo de China en la Unión Europea", pero ha ignorado a la Francia de Nicolas Sarkozy, más crítica que España.

Nuestro país ha obtenido un buen acuerdo ya que nuestra presencia comercial y empresarial en China todavía tiene mucho margen que recorrer. Más difícil está siendo encontrar el tono político adecuado para tratar con Pekín, un régimen con un enorme problema de derechos humanos. Extrañamente para un país que ha vivido una larga dictadura y que debería conocer de primera mano lo que la privación de la libertad y los derechos humanos significa, España tiende a estar siempre en el extremo más silencioso en estos temas. Como se ha puesto de manifiesto estos días a raíz de la causa abierta en la Audiencia Nacional contra Israel, el silencio gubernamental en estos temas contrasta enormemente en un país que tiene una legislación de las más progresistas del mundo en lo relativo a la justicia universal.

Pareciera así que España tuviera dos políticas exteriores: la que desarrolla el Gobierno vía el Ministerio de Exteriores y la que lleva a cabo la Audiencia Nacional al aplicar las leyes aprobadas por el Parlamento. Así, el Gobierno evita irritar a Pekín instándole a que dialogue con el Dalai Lama mientras que los jueces Moreno y Pedraz encausan al Gobierno chino por la represión en Tíbet. Se olvida, sin embargo, que los jueces no pueden no aplicar la ley, pero que el Gobierno sí que puede adoptar una postura más valiente y, sobre todo, coordinada con sus socios europeos.

El presidente del Gobierno, que en nuestras relaciones con Washington o Tel Aviv ha defendido siempre que a los amigos hay que criticarlos cuando se equivocan, podría también abrir el camino de la pedagogía en las relaciones con Pekín, a lo que podrían seguir nuestras relaciones con Moscú, y por qué no, con Rabat. De no hacerlo, los líderes de estos países podrían interpretar nuestro silencio como una falta de confianza, e incluso sospechar que realmente no son nuestros amigos.

 

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