Felipe González, expresidente de gobierno, analiza la emergencia sanitaria y la crisis sistémica a la que nos enfrentamos en esta entrevista realizada por José Ignacio Torreblanca, Jefe de la Oficina de Madrid e Investigador Principal, European Council on Foreign Relations.

José Ignacio Torreblanca (JI) - ¿Cómo estás viviendo esta crisis y el confinamiento?

Felipe González (FG) - Imagino que como la inmensa mayoría de la gente. Llevo 18 días aquí y creo que, salvo los imprescindibles que están haciendo una impresionante labor, los demás, nuestra contribución es cumplir el confinamiento.

JI - Hay un gran debate en España –y fuera también– sobre si esta crisis se podía haber evitado, prevenido, anticipado o mitigado… ¿Dónde te sitúas?

FG - Eso se va a repetir muchas veces. En mi tierra, en el sur, dirían que a toro pasado se especula mucho mejor. Hay que verlo en el momento en que se produce y, sobre todo, cuando se tenga que hacer un análisis crítico, hay que hacerlo poniéndose en la piel del que tiene que tomar la decisión, el que está al frente del aparato del Estado, el que tiene que liderar la operación. Si no te pones en su piel, es imposible hacer una valoración sensata.

JI - La respuesta española a esta crisis viene mediada por dos variables: somos un Estado descentralizado hacia abajo, en las competencias sanitarias, con un Estado autonómico muy potente; y también hacia arriba, porque somos miembros de la Unión Europea. ¿Cómo está funcionando el Estado en este sándwich entre ambas descentralizaciones? ¿Qué nos está diciendo esta crisis sobre cómo están funcionando la coordinación y nuestro Estado autonómico?

FG - Hacia abajo creo que está funcionando bien. La evaluación tiene que hacerse día a día y, al final, habrá que hacer una definitiva. Está funcionando mejor el programa de acción –que tiene que ajustarse a la realidad, paso a paso–, que la comunicación. En cierta medida, la comunicación me desconcierta, pero la acción está funcionando razonablemente bien dentro de la inmensa incertidumbre. El problema es que la única certidumbre que tenemos ante una pandemia de esta naturaleza, y no es plena, es la aportación científica. Y, como no lo es, resulta que te tienes que basar en el conocimiento científico y, al final, es el Estado el que tiene que responder. Nosotros, como Estado descentralizado, tenemos que aumentar sistemáticamente la coordinación para que funcione eficazmente. La descentralización hacia arriba, hacia Europa, está fallando; hacia abajo, salvo algunos elementos de rozamiento, creo que es bastante satisfactoria dentro de la tragedia que estamos viviendo, que pone a la gente hipersensible. Lo que está fallando es la Unión Europea.

JI - ¿En qué estás echando de menos a la Unión Europea? ¿Más en la respuesta a la emergencia, o en la parte que tiene que ver con la respuesta económica y de ayudas?

FG - Creo que en todo. La reacción hacia el repliegue nacionalista niega el sentido histórico de la construcción europea. ¿Cuál es la principal contradicción? La respuesta ante una amenaza es local, pero la amenaza es global. La respuesta local, nacional en este caso, es necesaria, pero para nosotros –la ciudadanía europea, 500 millones de personas–, es local. Hacer una frontera nacionalista para replegarse a un nacionalismo más tribal nos hace retroceder en el tiempo, muchos años, décadas. La Unión Europea nació con la otra vocación, la de considerarnos la unión entre los europeos. Eso está fallando, tanto en asumir que la responsabilidad es de todos –nos va a llegar a todos la pandemia–, como en no considerar que este rincón es el sur occidente de Eurasia, un rinconcito de 500 millones… Se aísla la India con 1.400 millones de seres humanos y nosotros somos un pequeño trozo del planeta con muchos medios y tenemos que ponerlos a disposición de todos, tanto los técnicos y sanitarios que dan respuesta a la crisis de salud como los que responden a la crisis económica.

JI - Y, sin embargo, estamos viendo el resurgir de los prejuicios que ya vimos en la crisis del 2008, los estereotipos de norte-sur, ahorradores-despilfarradores, protestantes-católicos. Esto es particularmente deprimente. ¿Cómo lo combatimos, cómo superamos la fase de los gritos y nos ponemos a trabajar juntos?

FG - No es fácil superarlo, pero la pena es que cuando le llegue a todo el mundo –y hablo, ahora de la Unión Europea–, todos estarán más dispuestos. La evolución del problema más dramático que hemos tenido de ruptura en los últimos años ha sido el brexit: la evolución de Johnson al frente de ese país fue la de preferir el aislamiento y, ahora, decir que tenemos que hacerlo de manera conjunta. Esa evolución se va a producir en todos los sitios. El problema es que nos estamos jugando la credibilidad de los ciudadanos europeos en cuanto a una amenaza que es, desde el punto de vista de las consecuencias inmediatas, mucho peor, porque afecta a algo tan sensible como la salud, porque azota y agita el miedo. También es peor desde el punto de vista del impacto económico inmediato. Por tanto, en las dos dimensiones, y la Unión Europea tiene que responder a sus principios fundadores. No tenemos que olvidar lo que supuso, incluso, la creación del Consejo de Europa –que es la defensa de la democracia, de los derechos humanos, del Estado de derecho y la Unión Europea–: poner en común aquello que nos dividía. ¿Para qué? Para actuar en común; para responder en común.

JI - El obstáculo de los eurobonos, ¿te parece que es una discusión en la que debemos centrarnos o, viendo que no hay acuerdo en este momento, debemos sortearla y actuar de otras maneras hasta que resolvamos ese problema? ¿Es el problema central al que debemos dedicar nuestras energías?

FG - En marzo de 2010, cuando presenté ante el Consejo Europeo el informe oral que después presentaría en mayo por escrito, defendí entonces que hubiera eurobonos a partir del techo mínimo de deuda del 60% previsto en el Pacto de Estabilidad. Lo defendí entonces, no quiero desdecirme ahora que la situación es más urgente y más dramática, pero ese es un instrumento clave. Si hay otro instrumento de la misma eficacia, que se ponga en marcha, pero tenemos que hacerlo ya. De una vez tenemos que reconocer que la austeridad, llevada al extremo al que se llevó en la lucha contra la crisis de 2008, produjo una cantidad de sufrimiento innecesario a los ciudadanos europeos sin ninguna ventaja relativa. La comparativa la tenemos claramente con Estados Unidos: salieron antes, mucho más eficientemente que nosotros y eso que somos una unión europea. Todos los medios tienen que estar disponibles ya, y si alguien se cree superior, lo pagará muy caro. Eso es lo que nos pasó en Europa, dos veces en el siglo XX, con consecuencias terribles.

JI - Fuera de Europa, nuestros hermanos latinoamericanos están atravesando esta crisis con políticas y aproximaciones muy distintas. Algunos apuestan por medidas muy parecidas a las nuestras, muy preocupados con la salud y el impacto económico. Otros, como en México, parece que en una especie de negación. ¿Cómo ves la respuesta latinoamericana y, en concreto, la situación mexicana?

FG - No hay una respuesta latinoamericana, para empezar. Sería raro que lo hubiera, teniendo en cuenta que la Unión Europea no es capaz de tener una respuesta teniendo todos los medios a su alcance. Pero no me quedaría en la frontera mexicana. Hay que ver la evolución de Trump, lo que decía hasta hace 15 o 20 días y lo que dice ahora, con esa mentalidad que tiene del que no sabe que no sabe y además tiene poder, que es la peor de las necedades y, por tanto, la peor arbitrariedad. Pero, aun así, han terminado consensuando una política entre republicanos y demócratas que desde hace mucho tiempo no se conseguía. Para América Latina, me gustaría que hubiese una coordinación con España, ese área que llamamos iberoamericana, donde hubiese, por lo menos en la fase de lucha contra el coronavirus, una cooperación mucho más estrecha. Se puede conseguir entre todos los centros potentes de investigación, toda la industria dedicada a eso, las propias fundaciones –es decir, con cooperación público-privada–, para que haya por lo menos un consenso mínimo de cómo se combate la enfermedad y cómo se llega a superar sus consecuencias. Creo que se puede conseguir y la verdad es que, por mi vínculo con América Latina, estoy dispuesto a trabajar, a proyectar y a sugerir. Sin embargo, estamos viendo lo que ha pasado en todo el mundo: el que lo niega primero y el que no se responsabiliza después. Cuando se critica lo que se hace en España –dejo aparte la comunicación–, ¿en comparación con quién se hace? Hemos llegado pronto, la tragedia es dura, sin duda alguna, y la programación es buena. Si conseguimos que haya un área mínima de consenso en cuanto al paquete de medidas que hay que tomar frente al coronavirus, el tratamiento con medicamentos y la investigación para el futuro, sería un gran paso.

JI - La geopolítica es otra derivada en toda esta cuestión: la rivalidad entre Estados Unidos y China, entre la nueva Atenas y la nueva Esparta. ¿Cómo va a cambiar el coronavirus ese gran escenario?

FG - Eso es todavía relativamente incierto. La ventaja relativa de China se debe a la incapacidad de liderar un desafío global como este que tiene la presidencia de Estados Unidos. Eso le da una gran ventaja relativa, sin duda alguna, a China. ¿Eso significa que la ventaja relativa está en el sistema? No lo creo. La ventaja relativa está en un liderazgo. China está contemplando este desafío, que nace allí o parece que nace allí –la gripe española hace un siglo no nació en España– como un desafío global. Veamos: lo local es una respuesta necesaria, pero no suficiente, porque se trata de un desafío global. Su propio nombre, pandemia, significa que nos afecta a todos. La disposición de China para considerar no solo lo local –que obviamente lo considera–, sino lo global como pandemia, le da una ventaja relativa que puede perder Estados Unidos, incluso con América Latina, con su llamado «patio trasero».

JI - ¿Cómo debe ser la comunicación del liderazgo político en tiempos de crisis?

FG - Tiene que ser austera, es decir, lo más breve, directa y empática posible con el estado de ánimo de los ciudadanos. Es obvio que hay que insistir en que dependemos de la única certidumbre relativa –repito lo de relativa–, que es la aportación técnica y científica, pero al final la responsabilidad la toma el que está al mando, inexorablemente. Eso es lo que llaman la «soledad del poder». Tú ya tienes la información, pero nadie te exime de tomar una decisión. Por tanto, hay que tener empatía con el estado de ánimo de la gente que está sufriendo, con los que están luchando en primera línea y llevar a cabo una comunicación austera y directa.

JI - En alguna conversación has mencionado la liberación que provoca cuando ya no eres presidente del Gobierno el no tener un teléfono en la mesilla de noche.

FG - El no tener el último teléfono que suena al lado. Eso es una liberación, pero también es una limitación y un gran sufrimiento, porque me obliga a opinar midiendo mucho la opinión.