The EU-Russia summit in Rostov is an opportunity for the new EU to show it can act effectively on the international stage. But only if it first tries to understand what Russia's motives are and where it can help.

Only George W Bush has been able to divide the European Union as much as Russia. The power audit of EU-Russian relations published by ECFR classifies the 27 member states into five groups, ranging from "partisans of a new Cold War" to "Trojan horses", depending on how they deal with Moscow. At one extreme, some wish to isolate Russia, still seeing it as a threat; others prefer to ignore Russian excesses (both at home and abroad) and to concentrate on doing business. These internal divisions have enabled Russia to do precisely what it wants with the EU states, rewarding some, ignoring others, and even openly coercing some without the others doing anything to help them.

Few things better illustrate this European division than the German ex-chancellor, Gerhard Schroeder, joining the Nordstream consortium that will lay a gas pipeline in the Baltic from Russia to Germany, bypassing (to the Russians) problematic  parts of Eastern and Central Europe.

The merits of this system to Moscow is undeniable: with an economy one-fifteenth of the EU, a defence budget one-tenth of the 27 EU states, and less than a third of the population, it talks to the EU on equal terms. It seriously hinders EU approaches to Ukraine, Central Asia, Kosovo, Iran and Georgia. Russian diplomacy has employed the ancient principle of divide et impera (divide and rule) more successfully than anyone.

Many Europeans have somewhat naively believed that the mere passage of time would bring Russia closer to Western parameters, making it a representative democracy with an open economy and a foreign policy aligned with the EU. Yet in a recent essay, Gleb Pavlovsky - one of the architects of key concepts for the understanding of modern Russia such as the "Putin consensus," "sovereign democracy," and "verticals of power" - says that Russia's objective is not to join the West, but to free herself from it.

Due to the traumatic experiences of 1917 and 1991, when internal changes led to significant losses of territory and humiliation by other powers, Russia's ruling elite now uses a concept of freedom different from that in normal usage: internally, freedom to choose the political regime without interference; externally, freedom to act without constraint by others (especially by US unilateralism); and the economic freedom (not necessarily liberalism) to achieve a degree of prosperity sufficient to sustain a strong state. Viewed in these terms, in which democracy is seen as a synonym of weakness and chaos, it is easier to understand Russian behaviour in recent years.

But things are changing. Psychologically Russia now feels safer than it did some years ago: contributing factors being Obama's arrival in the White House, and the economic crisis, which has put a freeze on geopolitical rivalry in the Euro-Atlantic region. With plans to deploy an anti-missile shield in Poland cancelled, NATO expansion into Ukraine and Georgia derailed, and the Russian fleet's presence in Sevastopol extended by Yanukovych, Russia can now concentrate on its internal problems. There are no shortage of these, including economic modernisation in a country excessively dependent on natural resource exports, and a legal system that is still a problem for both companies and individuals.

Such modernisation might provide the EU with an important role, on two conditions: one, that it acts in unison; and two, that it remember that Russia's aim is not to integrate itself in Europe, but to be a pole of power in a multipolar world.

The EU-Russia summit in Rostov also comes during the EU's time of transition between the rotational EU presidency and the new system established by the Treaty of Lisbon. Here, the main role will be played by the Council president, Herman Van Rompuy, and by the high representative for Foreign Policy, Lady Ashton. The summit is a good opportunity to see whether the EU has "rebooted" itself and is now capable of the coordinated action necessary for the influential role it wants on the international stage.

This article was published in El País English edition on 1 June 2010.

(English translation)

Rusia se mueve

Solo Bush ha dividido tanto a la Unión Europea como lo ha hecho Rusia. En un estudio, Mark Leonard y Nicu Popescu clasificaron a los 27 Estados miembros en hasta cinco grupos (desde los "partidarios de una nueva guerra fría" a los "caballos de Troya") en función de sus preferencias a la hora de tratar con Moscú (Política Exterior, núm. 121 de 2008). A un extremo, unos querían aislar a Rusia, convencidos de que seguía siendo una amenaza; otros, sin embargo, eran partidarios de ignorar los excesos rusos (tanto dentro como fuera de sus fronteras), dejar las cosas correr y centrarse en hacer buenos negocios. Estas divisiones internas han permitido a Rusia manejar a los europeos a su antojo, premiando a unos, ignorando a otros, incluso coaccionando descaradamente a algunos sin que los demás acudieran en su ayuda. Nada simbolizó mejor esta retirada europea que la contratación del ex canciller alemán, Gerhard Schröder, para presidir el consorcio Nordstream que tendería en el Báltico un gasoducto entre Alemania y Rusia con el que sortear a la siempre problemática Ucrania.

El mérito de Rusia es innegable: desde una economía que es 15 veces menor que la de la UE, un presupuesto de defensa 10 veces menor que el de los 27 y una población tres veces y media inferior, ha podido hablar de tú a tú a la UE y obstaculizar seriamente sus planes, desde Ucrania a Asia Central, pasando por Kosovo, Irán o Georgia. Un aplauso para su diplomacia, que ha sabido aplicar la vieja regla divide et impera (divide y vencerás) con más éxito que nadie.

Muchos europeos, de forma bienintencionada aunque excesivamente inocente, han confiado en que el mero transcurrir del tiempo iría acercando a Rusia a parámetros occidentales hasta convertirla en una democracia representativa con una economía abierta al exterior y una política exterior alineada con la UE. Sin embargo, en un interesante ensayo publicado en el libro ¿Qué piensa Rusia? (CIDOB, 2010), Gleb Pavlosky, uno de los arquitectos de conceptos clave para entender la Rusia de hoy como el "consenso de Putin", "democracia soberana" o "verticales del poder", señala que, frente a lo que creen algunos, el objetivo de Rusia no es unirse a Occidente, sino librarse de él. Debido a las traumáticas experiencias de 1917 y de 1991, donde los cambios internos se tradujeron en pérdidas significativas de territorio y continuas humillaciones por parte de otras potencias, la élite gobernante en Rusia maneja hoy un concepto de libertad distinto del que solemos manejar normalmente: libertad de elegir internamente y sin interferencias el régimen político; libertad de actuar internacionalmente sin ser constreñidos por otros (especialmente por el unilateralismo estadounidense); y libertad económica (que no liberalismo) en el sentido de poder lograr una prosperidad lo suficientemente importante como para sostener un Estado fuerte. Desde estos parámetros, en los que la democracia se ha visto como sinónimo de debilidad y caos, es más fácil entender la actuación rusa en estos últimos años.

Afortunadamente, sin embargo, las cosas han cambiado o, mejor dicho, están cambiando. Rusia se siente ahora psicológicamente más segura que hace unos años, a lo que ha contribuido notablemente tanto la llegada de Obama a la Casa Blanca como la crisis financiera, que ha puesto en paréntesis la rivalidad geopolítica en la región euroatlántica. Con los planes de desplegar el escudo antimisiles en Polonia cancelados, la expansión de la OTAN a Ucrania y Georgia detenida y la presencia de la flota rusa en Sebastopol prorrogada por Yanukóvich, Rusia puede concentrarse ahora en sus problemas internos, que son muchos, especialmente en lo que se refiere a la modernización económica del país, la gran asignatura pendiente en un país excesivamente dependiente de las exportaciones de recursos naturales y con un sistema legal que todavía es un problema tanto para las empresas como para la sociedad civil. En esa modernización es donde la UE puede jugar un papel importante, siempre que se cumplan dos condiciones: una, que actúe unida y, dos, que no olvide que el objetivo de Rusia no es integrarse en Europa, sino ser un polo de poder en el mundo multipolar que caracteriza ya el siglo XXI.

La cumbre UE-Rusia que se celebra en Rostov cierra la transición entre el viejo sistema de presidencias rotatorias y el nuevo puesto en marcha por el Tratado de Lisboa. En contraste con la cumbre UE-América Latina, donde España tuvo un papel protagonista, esta vez, en lugar de José Luis Rodríguez Zapatero y Miguel Ángel Moratinos, el protagonismo estará en manos del presidente del Consejo, Herman Van Rompuy, y la alta representante para la Política Exterior, Lady Ashton. Será por tanto una excelente oportunidad para comprobar hasta qué punto la UE también se ha reinicializado a sí misma y es capaz también de actuar coordinadamente poniendo fin a sus divisiones.

Este artículo fue publicado en El País el 31 de mayo de 2010.

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