Europe has to make up its mind: it's either tomatoes or immigrants.

As I read through various commentaries on the recent summit talks between Morocco and the European Union - where imports of agricultural produce such as tomatoes were a chief point on the agenda - several images come to mind, if only by random association. One of these is the image of the Spanish opposition leader, Mariano Rajoy, at a recent rally in Málaga with a bunch of vine tomatoes in his hand. With it he intended to illustrate how the Spanish government's supposed weakness vis-à-vis Morocco was going to have a heavy cost for Spanish tomato producers. These tomatoes were as red as his face ought to have been, out of sheer embarrassment at the lack of any serious parliamentary debate on Spanish foreign policy.

So, if you can spare a minute, I recommend that you read the remarks of Iván Martín and Gonzalo Escribano in Presidencia en la sombra, a blog discussing the current Spanish presidency of the EU. Here we learn that the new agricultural agreement with Morocco will lead to a 22-percent increase in Moroccan tomato exports over four years. The blog explicitly mentions "the protectionist arsenal designed to restrict access to the EU market by Morocco and other Mediterranean trading partners," and concludes that, of all the measures available, Spain and the EU have chosen those that will have the least impact on the status quo.

There is a yawning gulf between the rhetoric that European leaders bandy every time they speak of the Mediterranean as the cradle of civilization or the crossroads of cultures, and the raw reality that underlies all the noise at the fatuous, vacuous summits that the EU loves to hold. The EU's financial assistance to Morocco for 2011-2013 will amount to some €580 million (about six euros per inhabitant per year); while, on the other hand, if the EU put an end to the restrictions on Moroccan agricultural produce, the Moroccan economy would grow by 1.48 percent, involving the creation of some 90,000 jobs.

The same estimates predict an 11-percent drop in sales for European producers over five years; but this scenario does not takes into account how the changes would encourage Spanish producers to invest more in Morocco, so as to assume a technological leadership position in the new Moroccan agricultural export sector. In economic theory, opening up to trade is always beneficial, even if it is not reciprocal. This is something that Rajoy, as leader of a party that calls itself liberal, ought to know. In the concrete case of Spain, agricultural protectionism has historically been one of the great determinants of our economic failure and international isolation, so that Spanish experience and memory ought to endorse trade liberalization.

To the economic considerations on the agricultural agreement with Morocco we ought to add certain observations on immigration, which also seems to be an overriding concern of the Popular Party. In the plastic-covered market-garden fields of Murcia and Almería, where Spanish tomatoes are grown, the thousands of young Moroccans who work for a pittance live in rusty trailers and tumbledown sheds, often without running water or electric light, wandering aimlessly in the streets in their downtime under the wary unfriendly gaze of the local Spaniards. To anyone who has visited this disturbing corner of Spain's economy it is obvious that these 90,000 jobs ought to be in Morocco, and not here.

It is true that a free trade zone with Morocco would not solve all the problems; but, properly managed, it would introduce some elements of political leverage that have been absent or  underused in the present agreement with Rabat. Think of what has been achieved between the US and Mexico since Bush Sr (and then Clinton) had the courage to oppose the protectionist pressures of US agricultural producers. [email protected]

This article was published in El País English edition on 19 March 2010.

(English translation)

Tomates y política exterior

Leo los comentarios y análisis sobre la reciente cumbre entre Marruecos y la Unión Europea y me vienen a la cabeza algunas asociaciones curiosas entre tomates y política. Probablemente recuerden la imagen de Paul Wolfowitz, el todopoderoso neocon artífice de la guerra de Irak, mostrando al mundo sus calcetines horadados a la entrada de la mezquita Aya Sofía en Estambul. Aquella foto fue todo un símbolo de las desnudeces argumentales del poder americano en la era Bush frente a la riqueza y sofisticación de una cultura milenaria.

Luego, la siguiente imagen que rememoro es la del líder de la oposición, Mariano Rajoy, dando un mitin en Málaga en diciembre pasado con una mata de tomates en la mano. Con ello pretendía ilustrar cómo la supuesta debilidad del Gobierno ante Marruecos en torno al asunto Haidar iba a tener un importante coste para los productores de tomate españoles vía la apertura de mayores contingentes a la exportación. Esos tomates, como los de Wolfowitz, también mostraban otra clamorosa desnudez, en este caso, la del debate nacional sobre política exterior.

Por ello, si tienen un minuto, les recomiendo leer los análisis de Gonzalo Escribano e Iván Martín en Presidencia en la sombra, un blog para el debate sobre la presidencia española de la UE creado por algunos de los que todavía creemos con alguna ingenuidad que la política exterior de España se podría beneficiar del intercambio de argumentos basados en datos, y no sólo del lanzamiento de tomates. Allí se cuenta que el nuevo acuerdo agrícola con Marruecos (que nada tiene que ver con el asunto Haidar) supondrá un incremento del 22% de las exportaciones de tomates marroquíes en cuatro años, se alude explícitamente "al arsenal proteccionista diseñado para restringir el acceso al mercado comunitario a las exportaciones agrícolas de Marruecos y otros socios mediterráneos", y se concluye que, de todas las medidas disponibles, España y la UE han escogido aquella que menor impacto va a tener.

Para que se hagan una idea de las inmensas contradicciones entre la retórica que los responsables europeos despliegan cada vez que hablan del Mediterráneo como cuna de la civilización, espacio de encuentro entre culturas, etcétera, y la cruda realidad que se esconde tras todo el ruido de esas cumbres vacías de contenido que la UE gusta de celebrar: la asistencia financiera de la UE a Marruecos para 2011-2013 será de unos 580 millones de euros (unos seis euros por habitante y año), mientras que, por el contrario, si la UE pusiera fin a las restricciones a los productos agrícolas marroquíes, la economía de Marruecos crecería un 1,48%, lo que supondría la creación de unos 90.000 puestos de trabajo.

Las mismas estimaciones proyectan una pérdida del 11% de las ventas de productores europeos a lo largo de cinco años, pero se trata de un escenario que no contempla cómo la apertura comercial incentivaría que los productores españoles invirtieran más en Marruecos de cara a liderar tecnológica y comercialmente las nuevas exportaciones agrícolas marroquíes. En teoría económica, la apertura comercial es siempre beneficiosa, aunque no sea recíproca: es algo que Rajoy, como líder de un partido que presume de ser liberal en lo económico debería saber. Pero es que, además, en el caso concreto de España, el proteccionismo agrícola ha sido históricamente uno de los grandes motores de nuestro fracaso económico y aislamiento internacional por lo que la experiencia y la memoria avalan la liberalización comercial.

A las consideraciones económicas sobre el acuerdo agrícola con Marruecos se deberían unir, además, algunas valoraciones sobre la inmigración, que también parece preocupar sobremanera al Partido Popular. Para cualquiera que haya pasado por los campos de plástico de Murcia o Almería donde se cultivan los tomates y haya visto a los cientos de jóvenes marroquíes que viven en destartaladas roulottes o casas de labor semiderruidas sin, muchas veces, agua corriente o luz eléctrica, y que luego pasean por los pueblos al atardecer sin nada que hacer ni futuro alguno ante las miradas recelosas de los locales, parece evidente que esos 90.000 puestos de trabajo deberían estar allí, no aquí.

Cierto que una zona de libre cambio con Marruecos no resolvería todos los problemas, pero, bien gestionada, permitiría introducir elementos de condicionalidad política que hasta ahora han estado ausentes o infrautilizados en el acuerdo de asociación con Rabat. Piénsese en lo logrado entre EE UU y México desde que Bush padre (y luego Clinton) tuvieron la valentía de oponerse a las presiones proteccionistas de los productores agrícolas estadounidenses. En el caso de España, la complejidad de la agenda bilateral con Marruecos, que abarca temas tan complejos como inmigración, drogas, terrorismo, derechos humanos, el Sáhara, debería ser un acicate para dejar de mirarnos el ombligo y, por una vez, mirar más allá de nuestros tomates.

Este artículo fue publicado en El País el 15 de marzo de 2010.

 

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