The EU collectively spends an annual 200 billion euro on defence but squanders most of it on Cold War-style armies.

This article appeared in El Pais, in Spanish, on 21 July, 2008.

EUFOR soldierEurope is often heard to lament that whilst it may be an economic giant, it is insignificant in military terms. Yet nothing could be further from the truth. The combined defence budget of the twenty seven EU member states comes to no less than 200 billion Euros, the second highest figure in the world. It amounts to half the defence budget of a hyper-power like the US, but three times more than China and four times more than Russia. In fact, EU member states maintain approximately two million soldiers in active service, a number even greater than the USA. Europe's tendency to kow-tow to Washington, Moscow or Beijing and resign itself to exercising its supposed "soft power" is, consequently, an attitude which can hardly be justified. The 23,000 soldiers of EU member states currently deployed in Afghanistan are proof positive that, platitudes aside, Europe is anything but a power limited to civilian affairs.

Another matter altogether is that this enormous expense is squandered on armies which have still not fully digested the end of the cold war, or on costly, uncoordinated arms programmes. European states have 10,000 tanks and 2500 fighter aircraft at their disposal, weaponry which is going to be of little use in tackling the type of crisis which, generally speaking, we will encounter in the future. Each time an international flashpoint occurs, member states look the other way and confess to being incapable of mustering a deployment force of a few thousand of the two million enlisted soldiers, not to mention the endemic shortage of transport aircraft or helicopters, absolutely crucial to gaining access to trouble spots on the ground and to safeguarding missions once there.

The good news is that, for once, something relating to European integration does not call for great acts of boldness, but instead a modicum of common sense and some practical decision making. On occasions, European defence is discussed as a grandiose, impossible pipedream, the last stage of a political construction process which never quite comes around. It is assumed that Europe needs a large army, that European construction requires young men and women to fight and die under the European flag, like a Napoleonic nation in arms. But Europe is no nation state, nor does it aspire to be a super state, and it has no desire to forge a demos on the (dubious) epic of the battlefield; all of which means that a light military force which can be deployed in the interests of international peace and security, not a European army to substitute national armies, is what is required. The question does not even come down to more money, but instead to spending it more wisely and in a coordinated fashion.

Fortunately, Europe is at peace, and its defence requirements are adequately covered by national standing armies and NATO. The rest of the planet cannot say the same for itself. The twenty first century has ushered in a world with threats of a different kind, and war as we understood it in the last century has all but disappeared. That is why instead of engaging in conventional warfare, or defending the mother country or allies, armies will increasingly have to deal with crises which take place beyond our borders. All of this requires a new kind of armed forces, mobile and efficient, along with a new mindset, where civilian and military resources are integrated from start to finish, where military personnel, aid workers, civilian bureaucrats, judges, and politicians intervene to offer coordinated support to fragile states, reconstruction to areas devastated by natural disasters, or to shepherd countries through peaces processes.

What is surprising is that, despite the experience of powerlessness in the former Yugoslavia, international community failures in Somalia and Darfur, or the lessons to be learned from Afghanistan and Iraq, advances in this matter have been all too timid, so much so that "the Europe of defence" has never quite got off the ground. Amongst his many objectives, Sarkozy has set himself the task of revitalising this aspect of the European agenda. The problem is that in order to do so, he needs the collusion of the United Kingdom, an essential partner if European defence is to advance. Paradoxically, now that a President fully committed to the issue is in office in France, London is looking the other way, amply demonstrating that a much domestically weakened Gordon Brown will be hard pressed to take steps in the right direction. And, as ever, whilst Europe tries to thrash out the details, order continues to founder all across the world.

Translated by Douglas Wilson

Podemos, El Pais, 21 July, 2008

Europa anda siempre lamentándose de que, aunque sea un gigante económico, en lo militar es insignificante. Nada más lejos de la realidad. El gasto combinado en defensa de los 27 miembros de la Unión Europea es el segundo del mundo, nada menos que 200.000 millones de euros. Esa cantidad representa la mitad del gasto de la hiperpotencia estadounidense, pero tres veces más que el de China y hasta cuatro veces el de Rusia. De hecho, los miembros de la UE mantienen aproximadamente dos millones de soldados en activo, una cantidad incluso superior a la de Estados Unidos. Por tanto, aunque los europeos tiendan a agachar la cabeza frente a Washington, Moscú o Pekín y resignarse a ejercer su supuesto "poder blando", esta actitud no está justificada. Como prueban los casi 23.000 soldados que los Estados miembros de la Unión Europea tienen desplegados en Afganistán, pese al tópico, Europa no es ni mucho menos una potencia meramente civil.

Otra cosa es que esa enorme cantidad de recursos se malgaste en unos ejércitos que todavía no han digerido el fin de la guerra fría o en costosísimos programas de armamento que no se coordinan entre sí. Los europeos mantenemos en activo unos 10.000 tanques y 2.500 aviones de combate que de poco sirven frente al tipo de crisis con el que generalmente nos vamos a encontrar. Cada vez que surge una crisis internacional, los Estados miembros miran a otro lado y se confiesan incapaces de encontrar, entre esos dos millones de soldados, unos cuantos miles que desplegar, por no hablar de la escasez endémica de aviones de transporte o helicópteros, absolutamente cruciales para poder desplazarse al terreno y garantizar el éxito de las misiones una vez allí.

La buena noticia es que, por una vez, algo relacionado con la integración europea no requiere un gran ejercicio de audacia, sino un mínimo sentido común y algunas decisiones prácticas. A veces se plantea la defensa europea como un gran e imposible sueño, como si fuera el último escalón de una construcción política que no termina de llegar. Se da por hecho así que Europa necesita un gran ejército y que la construcción europea requiere que los jóvenes luchen y mueran baja bandera europea, como una nación en armas. Pero Europa no es un Estado-nación, tampoco aspira a ser un super-Estado, ni desea forjar un demos sobre la (dudosa) épica de la guerra, por lo que no necesita un ejército europeo que sustituya a los ejércitos nacionales, sino una mínima fuerza que poner al servicio de la paz y la seguridad internacionales. Por ello, ni siquiera se trata de gastar más, sino de gastar mejor, y de hacerlo coordinadamente.

Afortunadamente, Europa está en paz, y su defensa está adecuadamente asegurada por los ejércitos nacionales y por la OTAN. Es el resto del mundo el que no está en paz. En el mundo del siglo XXI, las amenazas han cambiado de cariz y la guerra, como la conocimos en el siglo XX, prácticamente ha desaparecido. Por eso, en lugar de librar batallas convencionales o defender el territorio patrio o de los aliados, los ejércitos tendrán, cada vez más, que gestionar crisis que se desarrollarán fuera de nuestras fronteras. Todo ello requiere un nuevo tipo de fuerzas armadas, móviles y eficaces, y una nueva mentalidad, donde lo civil y lo militar se integren desde el principio hasta el final, donde militares, cooperantes, administradores civiles, jueces y policías intervengan coordinadamente para apoyar Estados frágiles, reconstruir zonas que han sufrido catástrofes naturales o acompañar procesos de paz.

Lo sorprendente es que pese a la experiencia de impotencia en la antigua Yugoslavia, los fracasos de la comunidad internacional en Somalia o Darfur o las lecciones de Afganistán o Irak, los avances en esta materia han sido excesivamente tímidos, de tal manera que la llamada "Europa de la defensa" no termina de arrancar.

Entre sus muchos objetivos, Sarkozy se ha propuesto revitalizar la defensa europea. El problema es que para ello necesita el concurso de Reino Unido, imprescindible si se quiere lograr una Europa de la defensa. Paradójicamente, ahora que en Francia hay un presidente plenamente comprometido con este tema, Londres mira hacia otro lado dejando en evidencia que un Gordon Brown tan debilitado internamente difícilmente dará pasos en este sentido. Y, como de costumbre, mientras nos ponemos de acuerdo en los detalles, el mundo sigue desordenándose.


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