Germany?s decision to increase its troops in Afghanistan is both courageous and necessary: the security of both European and Afghan citizens is inseparable.

(English Translation)

In the world in which we live, our security depends on a thin, porous line which stretches from the security cameras in the Atocha train station in Madrid (where in March 11th 2004 198 people died in the worst terrorist attack ever suffered on European soil) to our armed forces in Afghanistan. All of the links in this chain are essential, including the common visa regime of the Schengen area, cross-border police and judicial cooperation between governments and intelligence services, as well as support for the Pakistani government to help it control areas such as Waziristan where Al Qaeda leaders have allegedly taken refuge. When one of those elements fails or breaks down, our security is jeopardised.

But because many of those links are highly fragile, our security will never be entirely guaranteed. In the search for certainties, some opt for isolationism, or worse still, stick their heads in the sand, leaving their security to others, or trusting in blind chance and the laws of probability. The troops can be sent home, our borders closed, walls erected, immigrants from suspect groups watched closely over, and our commitments to allies disregarded, yet none of these things will make us any safer, nor more prosperous or free. For Spain, most definitely, there is no alternative: in spite of the economic downturn, our country has benefitted tremendously from its global position. But a global position also entails global responsibilities, which are not always quite so palatable.

Germany, for example, is a country to admire in this sense. Owing to its past, Germany has shown an enormous reluctance to use its armed forces beyond its own borders. Its commitment to Afghanistan takes on special relevance for that very reason. Germany's presence there is a show of solidarity with the Afghan people, but also forms part of its security obligations to its own citizens. Based on that logic, Angela Merkel's government has decided to increase the German contingent in Afghanistan by one thousand troops, raising the number of its soldiers deployed in the country to 4500. The decision sees Germany joining France in increasing its contingent, and means it is now the third biggest contributor in terms of troop numbers behind only the United States and the UK.

The German Chancellor's decision demonstrates great courage. Opinion polls show two out of three Germans are opposed to the deployment. In addition, the Chancellor heads a coalition government with the Social Democrats, who have been lukewarm with respect to the deployment in Afghanistan. "I can resist anything, except temptation", quipped Oscar Wilde, and sure enough, with elections just around the corner, the Chancellor is being asked for a troop withdrawal timetable by her Bavarian CSU partners.

Fortunately, Angela Merkel is not a woman who gives way easily on her principles. As shown in her actions with respect to Russia, the United States, China, the Balkans or on climate change, her mixture of firmness and pragmatism, both essential qualities in foreign affairs, are always worth close observation, especially from Spain, a country whose own foreign policy is a cocktail made up of similar ingredients, both in terms of public opinion and its culture of peace and security. In Spain's own case, the Real Instituto Elcano barometer shows a significant decline of up to ten points of public support for the mission in Afghanistan, a mission which, in any case, has never been very popular.  

Afghanistan poses a double challenge - both over there and back here at home. More than a war, the challenge in Afghanistan is nothing less than a Herculean task - to create the security conditions in which the Afghans can construct a minimally viable state in a region where violence, tribalism, poverty, corruption, fanaticism and drug trafficking have predominated. Back here, the job is to explain to the public that our security and that of the Afghan people are bound up together, which is to say, one cannot exist without the other, and that, as in the case of global warming, it is of little or no use for one country to switch to clean energy if its neighbour is doubling greenhouse gas emissions at the same time.

The paradox of Afghanistan is that the war can be lost, but not won. Only a political solution which distributes power while gelling the country into a coherent whole is viable, and that can only be carried out by the Afghans themselves. But that requires time, patience and perseverance (and even to be prepared for the possibility that things might get worse before they get better). Which is why the reality is that, as things stand, our involvement is not only essential but inevitable, whether we like it or not.

Translated from Spanish by Douglas Wilson

De Atocha a Waziristan

El Pais, 13 October 2008

En el mundo en el que vivimos, nuestra seguridad depende de una delgada y porosa línea: la que va desde las cámaras de seguridad de la estación de Atocha al despliegue de nuestras Fuerzas Armadas en Afganistán. Todos los eslabones de esa cadena, que incluye el régimen común de visados de la zona Schengen, la cooperación policial y judicial entre gobiernos y servicios de espionaje o el apoyo al Gobierno paquistaní para que pueda controlar las zonas, como Waziristán, donde supuestamente se refugian los líderes de Al Qaeda, son esenciales. Cuando uno de esos elementos falla o se rompe, nuestra seguridad queda comprometida.

Pero como muchos de esos eslabones son sumamente frágiles, nuestra seguridad nunca estará completamente garantizada. Hay quienes, en busca de certidumbre, optan por el aislamiento o, peor aún, deciden mirar hacia otro lado, dejando su seguridad en manos de otros o al azar de la ley de probabilidades. Se pueden repatriar las tropas, cerrar las fronteras, levantar muros, vigilar a los inmigrantes o deshacer los compromisos adquiridos con nuestros aliados, sí, pero ello no nos hará estar más seguros, ni tampoco ser más prósperos o más libres. Para España, desde luego, no hay opción: pese a la crisis, nuestro país se beneficia, y mucho de tener una posición global. Pero una posición global también implica responsabilidades globales, que no siempre son plato de gusto.

Alemania, por ejemplo, es uno de esos países que admirar. En razón de su pasado, tiene una enorme reticencia a utilizar sus Fuerzas Armadas en el exterior. Por eso, su compromiso con Afganistán adquiere especial relevancia. Estar en Afganistán es una muestra de solidaridad con los afganos, pero también una obligación con respecto a la seguridad de sus ciudadanos. Siguiendo esa lógica, el Gobierno de Angela Merkel ha decidido aumentar el contingente desplegado en Afganistán en mil efectivos, lo que eleva a 4.500 el número de militares alemanes destinados en ese país. Con esa decisión, Alemania se convierte en el tercer país en número de tropas, sólo por detrás de Estados Unidos y Reino Unido, y se suma a Francia, que también ha decidido aumentar su contingente.

La decisión de la canciller alemana refleja una enorme valentía. Por un lado, las encuestas muestran que dos de cada tres alemanes se oponen al despliegue. Por otro, la canciller gobierna en coalición con los socialdemócratas, mucho más tibios que los democristianos respecto al despliegue en Afganistán. "Puedo resistir todo, menos la tentación" dijo Oscar Wilde. Prueba de ello es que, con las elecciones a la vuelta de la esquina, los socios bávaros socialcristianos (CSU) han pedido a la canciller un calendario para la retirada de las tropas.

Afortunadamente, Angela Merkel no es mujer que ceda fácilmente en sus principios. Como viene demostrando en sus actuaciones respecto a Rusia, Estados Unidos, China, los Balcanes o el cambio climático, su mezcla de firmeza y pragmatismo, ambas cualidades esenciales en política exterior, tiene que ser observada con mucha atención, especialmente desde España, un país cuya política exterior se cuece con ingredientes similares en lo que se refiere tanto a la opinión pública como a la cultura de paz y de seguridad. En España, en concreto, el barómetro del Real Instituto Elcano muestra un deterioro significativo, de hasta 10 puntos, del apoyo de la opinión pública a la misión en Afganistán, misión que nunca ha sido muy popular.

Afganistán plantea un doble reto: allí y aquí. Allí, más que de una guerra, se trata de una tarea hercúlea: en un lugar donde ha predominado la violencia, el tribalismo, la pobreza, la corrupción, el fanatismo y el narcotráfico, crear las condiciones de seguridad en las que los afganos puedan construir un Estado mínimamente viable. Aquí, se trata de explicar a la opinión pública que su seguridad y la de los afganos es indivisible, es decir, que una no puede existir sin la otra y que, como ocurre con el calentamiento global, de nada sirve que uno se pase a las energías limpias si el vecino, mientras tanto, duplica sus emisiones contaminantes.

La paradoja de Afganistán es que se puede perder la guerra, pero no ganarla. Sólo una solución política que reparta el poder y a la vez integre y cohesione el país es viable, y sólo podrá ser llevada a cabo por los propios afganos. Pero eso requiere tiempo, paciencia y perseverancia (e incluso estar preparados para que la situación empeore más antes de que mejore). Por ello, la realidad es que, hoy por hoy, nuestro concurso, nos guste o no, no sólo es imprescindible, sino inevitable.

 

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