Spain seriously needs to review its priorities in public expenditure, and its attitudes toward education. Otherwise it will go on being that country which a former German foreign minister called "a beautiful country, full of four lane divided highways with no cars on them."

A country, like a computer, needs both hardware (infrastructure) and software (people able to make the most of them). It is no use purchasing the latest computer on the market, if you don't set enough aside to buy the programs that will make it work. A computer without a program is just an idiot box. And we may well ask whether a country with a now extensive network of high-speed trains, and at the same time four and a half million unemployed, and a pathetic level of expenditure on R&D, is also an idiot box.

In 2009, not only did Spain invest three times as much as Germany in infrastructure (1.79 percent of GDP against 0.9 percent) but, as our public works minister has himself explained, these investments were made without "forecasts of demand to weigh the economic viability of the works, or a study of maintenance needs."

Thus, while the Spanish government spent part of its ¤17.2-billion annual budget on fripperies such as double high-speed train routes to Galicia and Cantabria, Spain still lacked a public kindergarten network. It had a primary-school network dating mostly from the 1960s, a school failure rate of 30 percent in secondary education, a vocational training system in a chronic state of neglect. It possessed 77 universities, not one of which is reckoned among the world's top 150, and a patchwork of employment services that are wholly incapable of dealing flexibly with the task of recycling unemployed people for new jobs. Whatever the reasons, we have been spending huge amounts on hardware, and very little on software.

When in 1986 I enrolled in the last year of secondary school in Hillerod, a town of 30,000 people to the north of Copenhagen, I was surprised to find that a Danish high school had less than 20 pupils per class; taught three languages, and the use of 10 or 12 musical instruments; had a covered swimming pool, several soccer fields and a theatre. However, the Danish highways were nothing to write home about. The commuter trains, though punctual, were old. Crossing the country was a pilgrimage in which, every few kilometres, you had to put the car on a ferry from one island to the next. True, dental care was free for everyone, the scholarship system was excellent, and the care for old people simply amazing.

I have not looked up the Danish per capita income for 1986, but I imagine it would not be too far different from that of Spain today. The Danes dragged their feet and doubted for a long time when it came to building the great bridges that now join the continent to Scandinavia, since the costs were huge and the priorities of education and social welfare were very clear. Today it is still one of the world's richest countries, with a high level of education and a tiny unemployment rate, in a relatively egalitarian society.

In the 1980s in Spain we used to have meagre infrastructure much in need of modernization, which were among the reasons for our backwardness. However, once we started building things, it seems that we were unable or unwilling to stop. The regional premier of Cantabria's irate reaction to the government's suspension of plans for a new high-speed train direct to his bailiwick - warning Prime Minister Zapatero that the Cantabrians will not tolerate "the humiliation" of having to go to Madrid in high-speed train by a roundabout route via Bilbao - shows to what point these infrastructures have gone to our country's head, to the detriment of social and educational expenditure.

Spain seriously needs to review its priorities in public expenditure, and its attitudes toward education. Otherwise it will go on being that country which a former German foreign minister called "a beautiful country, full of four lane divided highways with no cars on them." [email protected]

This article was published in El País English edition on 25 May 2010.

(English translation)

'Hardware' y 'software'

Los países son como los ordenadores: necesitan tanto unas buenas infraestructuras (el hardware) como personas capacitadas para obtener el máximo rendimiento de ellas (el software). Como cualquier usuario de informática sabe, de nada sirve comprar el último ordenador disponible en el mercado si uno no reserva el suficiente dinero para adquirir los programas informáticos que lo harán funcionar. Pues igual que un ordenador sin programas no es más que una caja tonta, cabe preguntarse si un país que tenga el mayor número de kilómetros de vías de alta velocidad de Europa y, a la vez, más de cuatro millones y medio de parados y un gasto ridículo en innovación y desarrollo, es también una caja tonta.

En el año 2009, España no solo invirtió en infraestructuras el triple que Alemania (1,79% del PIB frente a 0,69%), sino que como hemos conocido por boca del propio Ministro de Fomento, esas inversiones se realizaban sin "el análisis de la previsión de la demanda para valorar la viabilidad económica de las obras o el estudio de las necesidades de mantenimiento".

Así que mientras que el Gobierno se gastaba una parte de los 17.200 millones anuales de presupuesto para infraestructuras en lindezas como una doble entrada de alta velocidad a Galicia o Cantabria, España seguía sin una red pública de educación infantil (0-3 años), contaba con una red de escuelas de Primaria que en su mayoría datan de los años sesenta, soportaba un fracaso escolar del 30% en la Educación Secundaria Obligatoria, disponía de una Formación Profesional víctima de un abandono histórico, no contaba con ninguna de sus 77 universidades entre las primeras 150 del mundo y se conformaba con unos servicios de empleo incapaces de gestionar de forma ágil y flexible el reciclaje formativo de los desempleos para orientarlos a nuevos empleos.

Haría falta un estudio en profundidad para ver cómo y por qué se han asignado las prioridades de gasto en este país, pero el resultado es claro: mucho hardware y poco software (y, por añadidura, poco gasto social).

Cuando en 1986 me matriculé en el último curso de Bachillerato en el instituto público de Hillerød, una pequeña población de unos 30.000 habitantes al norte de Copenhague, mi sorpresa fue mayúscula: en mi instituto danés, además de tener menos de 20 alumnos en clase, se impartían tres idiomas, había piscina cubierta, varios campos de fútbol, aula de teatro y clases de 10 o 12 instrumentos musicales.

Sin embargo, las carreteras danesas eran solo regulares, y sus trenes de cercanías, aunque puntuales, estaban viejos. Cruzar el país era una pesadilla, pues cada pocos kilómetros tenías que meter el coche en un transbordador para cruzar de una isla a otra. Eso sí, la asistencia dental era gratuita para todos los daneses, su sistema de becas fantástico y su red pública de residencias de ancianos sencillamente apabullante.

No he mirado cuál era la renta per cápita de Dinamarca en 1986, pero imagino que no sería muy distinta de la de España hoy en día. Los daneses tardaron bastantes años y dudaron mucho a la hora de construir los grandes puentes que los unen hoy con Escandinavia y con el continente, ya que los costes eran enormes y las prioridades educativas y de bienestar estaban claras.

Hoy siguen siendo uno de los países más ricos del mundo, con mejores niveles educativos y con tasas de paro ridículamente bajas, a la vez que una de las sociedades más igualitarias.

Al otro extremo de Europa, en España, teníamos unas infraestructuras penosas que era necesario modernizar, pues suponían una de las razones de nuestro histórico atraso. Sin embargo, parece que no supimos o no quisimos parar. La airada reacción del presidente de Cantabria ante el anuncio de la suspensión del proyecto del AVE Palencia-Cantabria, advirtiendo al presidente José Luis Rodríguez Zapatero de que los cántabros no tolerarán "la humillación" (sic) de ir a Madrid en alta velocidad pasando por Bilbao, muestra todavía hasta qué punto a este país se le han subido las infraestructuras a la cabeza en detrimento del gasto social o educativo.

Si España quiere tener algún futuro, debería revisar aún más profundamente sus prioridades de gasto y sus actitudes hacia la educación. De lo contrario, seguirá siendo ese país que un ex ministro de Exteriores alemán describió irónicamente como "un precioso país lleno de autopistas vacías".

Este artículo fue publicado en El País el 24 de mayo de 2010.

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