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El combate del populismo anti-europeo



Se avista un rocoso camino para Europa a pocos meses de las elecciones al Parlamento Europeo en el mes de mayo. ¿Quién hubiera dicho hace años que los principales causantes de la politización de las elecciones al Parlamento Europeo fueran precisamente los que quieren desmontarlo para después acabar con la Unión Europea?

Hay por primera vez un espacio político europeo. Se habla de la UE en todas sus capitales, aunque se suele hablar mal de ella. Si en el pasado sólo las elites conversaban sobre Europa, el ciudadano de la calle ha aprendido ahora que la UE es poderosa y toma decisiones clave para su presente y su futuro. Este nacimiento de un espacio político europeo supone una oportunidad para mejorar los índices de participación en las elecciones, que no han dejado de bajar desde las primeras en 1979.

Los índices de aceptación de la UE están por los suelos, a norte, sur, este y oeste del continente. Los eurófobos tienen el viento a favor y lo están sabiendo aprovechar. La UE sencillamente no es popular y quienes abanderan su defenestración están en alza. Como José Ignacio Torreblanca y Mark Leonard cuentan en la publicación de ECFR "The continent wide rise of Euroscepticism", lo más sorprendente es que todos los miembros están perdiendo fe en el proyecto, tanto acreedores como deudores, miembros del euro y candidatos a serlo.

Para combatir una amenaza hay que conocerla. Sería demasiado ingenuo culpar a la crisis del resurgimiento de fuerzas extremistas. Más bien es la respuesta que la UE ha dado a la crisis lo que ha alimentado un fuerte sentimiento antieuropeo en la población, que hábilmente los partidos eurófobos están sabiendo recoger.

¿Cómo funciona el populismo anti-europeo? Como cualquier forma de populismo, primero procede a mostrar una serie de datos o hechos que pueden ser correctos y que representan un problema o un reto para la sociedad. Y en segundo lugar se propone una solución rotunda y casi siempre mágica, porque no se conocen los detalles para llevarla a cabo ni tampoco se aportan evidencias de que produzca el resultado esperado. La fórmula es exitosa si tiene al frente a un líder carismático y la situación económica no es buena.

Pongamos un ejemplo concreto. Nigel Farage, el carismático líder y europarlamentario de UKIP (Partido por la Independencia del Reino Unido) suele tener éxito entre sus compatriotas y otros euroescépticos del continente, pero hace unos días ha dado un paso más: tras interpelar al primer ministro de Grecia, Antonis Samaras, en el Parlamento Europeo, le han llovido las felicitaciones de ciudadanos griegos.

La magnitud del desafío populista nos revela que muchos griegos se sienten más identificados con las palabras de un líder nacionalista británico, que con sus propios líderes griegos. Algo no funciona. Pero, ¿qué ha dicho Farage?

Farage le dijo a Samaras que no está al mando en Grecia ya que la tutela de la UE le convierte en poco más que una marioneta. Para ello le recordó cuando el primer ministro socialdemócrata Papandreu fue apartado del poder tras sugerir que celebraría un referéndum sobre la pertenencia de Grecia en el euro. Como es sabido, Merkel y Sarkozy movieron tierra y aire para apartarle del poder y poner a otro primer ministro que ni siquiera había sido votado por los griegos. Por último, Farage presentó las elecciones de mayo como una batalla entre la democracia nacional y la burocracia europea.

En efecto, los procedimientos democráticos se han retorcido en la UE para sortear las gigantes olas que ha generado la tormenta de la crisis del euro. Ha sido un mantra reiterado: “si dejamos caer el euro, será el final de Europa”. Pero no se han sopesado los riesgos de salvar el euro a costa de olvidar que Europa no se gestiona como una sociedad anónima en donde se pueden quitar y poner directivos. La situación de tutelaje bajo la que han quedado los países rescatados tampoco ha sido compensada por un fuerte Parlamento Europeo, que en el caso de la crisis del euro ha sido más bien un espectador, aunque no por voluntad propia.

En todo caso, una cosa es que líderes como Farage se apoyen en las chapuzas (graves) que se han cometido y otra que presenten como solución mágica e infalible la vuelta al estado nación, en un mundo globalizado en el que el tamaño cuenta más que nunca. ¿Cómo negociar con China de tú a tú sin el paraguas de la UE? ¿No están mas protegidos los ciudadanos europeos ante posibles vulneraciones de los derechos humanos al estar dentro del paraguas de la UE?

Descalificar a los anti-europeos como una suerte de iluminados neofascistas no dará los frutos esperados. Ignorarlos tampoco, porque son mediáticos y estridentes. Hay que combatirlos desarticulando una a una las debilidades estructurales sobre las que apoyan sus argumentos. No sólo señalando que sus recetas son equivocadas porque no mejorarán el bienestar de los ciudadanos, sino presentando ideas concretas para cambiar esta Europa que bate récords de impopularidad.

        

*Carlos Carnicero Urabayen es politólogo y analista especializado en Políticas y Gobierno de la Unión Europea. Tiene un blog en www.huffingtonpost.com/carlos-carnicero-urabayen

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